A Big Bold Beautiful Journey: el romance donde la realidad también es mágica

3–5 minutos

La premisa de A Big Bold Beautiful Journey parece simple: Sarah (Margot Robbie) y David (Colin Farrell) se conocen en una boda y, a partir de ahí, emprenden un viaje que les permite revisitar momentos de su vida. Sin embargo, el verdadero corazón de la película no está en la anécdota, sino en la pregunta que plantea: ¿qué hacemos con lo que hemos vivido antes de abrirnos a otra persona?

Aquí el romance no se construye en base a coincidencias encantadas, sino en la complejidad de lo humano. Cada diálogo, cada silencio, habla de lo difícil que es exponerse de verdad cuando llevamos a cuestas miedos, culpas y heridas. El filme nos recuerda que las relaciones no empiezan en blanco, sino que cada persona llega con una historia, y esa historia necesita ser reconocida antes de compartirse.

El amor como responsabilidad afectiva

Lo que distingue a esta película de tantas otras comedias o dramas románticos es su mirada madura sobre el amor. Nos dice algo incómodo pero necesario: si no enfrentamos nuestros traumas, inevitablemente terminamos trasladándolos a nuestras relaciones.

Este concepto de responsabilidad afectiva, pocas veces retratado en el cine romántico, implica comprender que amar a alguien es también un acto de cuidado: de mí mismo y del otro. No se trata solo de pasión o de conexión, sino de preguntarme: ¿qué parte de mi historia puede herir al otro si no la trabajo? ¿qué necesito sanar para poder amar de manera justa y consciente?

En ese sentido, la película funciona casi como un espejo incómodo: nos obliga a reconocer que muchas veces buscamos en el amor una salvación, cuando en realidad el primer paso es hacernos cargo de nosotros mismos.

Los colores que se comparten

La película también habla a través de su estética. El azul, el rojo y el amarillo aparecen como símbolos emocionales: azul como calma y distancia, rojo como deseo y pasión, amarillo como esperanza y vitalidad. Lo poderoso es que esos colores se transfieren entre los personajes, se mezclan, como si la convivencia fuera literalmente un contagio de matices.

En ese detalle encontré una resonancia personal. Mi papá solía decir: “en la miel todo se pega”. Y es verdad: al convivir con alguien adoptamos gestos, costumbres, incluso formas de mirar el mundo. Enamorarse no es solo recibir lo bello del otro, también es enfrentarse a sus sombras y a cómo esas sombras dialogan con las nuestras.

La película usa los colores para recordarnos que el amor es una paleta en constante mezcla, donde dejamos de ser tonos aislados para formar un cuadro común.

Existencialismo mágico

Podría llamarse realismo mágico, pero yo prefiero decir que esta película es existencialismo mágico. Porque no inventa mundos imposibles ni se refugia en la fantasía total. Lo que hace es tomar lo más real, la convivencia, los traumas, la responsabilidad emocional, y envolverlo en un halo poético.

Los planos largos, la música de Joe Hisaishi, los silencios cargados de significado… cada recurso estético embellece la experiencia sin ocultar lo esencial. Es mágico porque sublima la realidad, pero es existencial porque nunca deja de cuestionarnos.

En ese equilibrio está su fuerza: nos ofrece un relato visualmente deslumbrante que, al mismo tiempo, nos confronta con preguntas profundas sobre la vida y el amor.

Una obra para quedarse

A Big Bold Beautiful Journey no se olvida al salir del cine. Se queda, porque además de verse, se siente y se piensa. Nos deja preguntas que importan:

¿Qué significa realmente amar? ¿Qué pasa si no nos hacemos cargo de nosotros mismos antes de estar con alguien?.

Su propuesta es clara: el amor no es un milagro ni un escape, es una elección que exige responsabilidad, valentía y transformación. Y ahí radica su grandeza: en mostrarnos que el viaje más audaz y hermoso no es el que nos lleva a otra persona, sino el que nos obliga a mirarnos a nosotros mismos para poder caminar con ella.

Por todo esto creo que esta película es una de las grandes películas románticas de nuestro tiempo: honesta, reflexiva y mágica a la vez.

Y tú, ¿crees que el cine romántico debería volver a hablarnos de responsabilidad afectiva y no solo de ilusión?

Amar no es solo soñar con colores ajenos, es aprender a mezclarlos con los propios para crear una obra común: ese es el verdadero viaje hermoso y audaz.

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